AUMENTO DEL SALARIO MÍNIMO: UNA TRAMPA CAZABOBOS

Tanto políticos como sindicalistas y público en general; discuten permanentemente sobre condiciones laborales. Y la lanza de batalla –de la mayoría de los defensores de los derechos de los trabajadores– es la magnitud del salario mínimo, convirtiéndose en el “Santo Grial de las luchas laborales”.

Un personaje arquetípico de la izquierda colombiana como lo es el gran creador audiovisual –aunque no tan genial– y actual senador de la Republica: Gustavo Bolívar, nos da su opinión en el siguiente tweet:

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PERO ¿QUÉ ES EL SALARIO MÍNIMO?

Según lo que comenta el senador; es que debería subirse el salario mínimo para aumentar la prosperidad del pueblo. Empecemos a estudiar cada concepto para entender mejor este fenómeno. El salario mínimo es una disposición legal que impone el Estado, que es el pago mínimo que se le debe dar a un trabajador por su jornada.

¿Cómo se hacen esos cálculos?

En teoría, los burócratas estatales calculan el precio de una canasta de bienes y servicios promedio mínima para el sustento vital de una persona. No siempre se hace bajo esos parámetros, pero la disposición es la misma: una imposición al empresario de cómo manejar su empresa. Por su parte, la ciencia económica nos dice que el precio por el factor trabajo es el salario, siendo al final el mercado, el que orienta el valor de este precio por medio de las fuerzas de la oferta y la demanda; y si vemos la figura del salario mínimo, pareciera que no fuera parte del mercado (realmente, no lo es). Como dirían en el Apolo 13: “¡Houston, tenemos problemas!”.

UN EJEMPLO DE LA VIDA REAL

Imaginemos que usted es un pequeño empresario: un panadero que ha decidido montar su negocio propio y lo llama “Panadería La Libertad”. Usted decide contratar a dos panaderos y una vendedora. Supongamos que el salario mínimo sea por ejemplo de un millón de pesos colombianos por cada trabajador al mes. Y debido a que es un emprendimiento que apenas está empezando, sólo les ofrece a sus iniciales trabajadores un sueldo mínimo por su jornada.

En apariencia, lo que tiene que pagar son tres millones al mes y 36 millones de pesos al año por cada uno de los trabajadores. Pero la vida no es tan sencilla como a veces una hoja de cálculo de Excel nos la puede mostrar, ya que –sin entrar en detalles del derecho laboral colombiano– el salario no es lo único que se paga al trabajador. Existen otras partidas importantes como cesantías, vacaciones, primas, liquidaciones y otras más que hacen que se duplique lo que tiene que pagar un empleador a sus trabajadores. Todo lo anterior, se llaman costos laborales.

Cualquier emprendedor sabe que, para calcular el precio de venta de sus productos debe tener claros sus costos fijos y variables, sus costos de capital y financieros, y finalmente, los laborales; se suma la ganancia esperada y se saca el precio unitario a la venta. Pero la historia no termina aquí, puesto que el Estado no impuso a los empresarios únicamente estas cuentas extras que tienen que pagar a los trabajadores ¡Y ahora se le tienen que incluir los impuestos!

Se les empieza a gravar a los empresarios el IVA, el impuesto a los beneficios de capital, el predial por los inmuebles propios, impuestos por servicios financieros y varios más ¡Oh sorpresa! ¿Adivinen qué? Pues si hubo exigencias sobre los costos laborales e impuestos, pues no le queda de otra que aumentar de precios para mantener su margen de ganancia. Si usted ve esto como algo negativo, lo invito a pensar si de verdad vendería algo por debajo de su costo de producción. Si lo hiciera, tendría mi aceptación desde el punto de vista de la caridad; pero desde el punto de vista económico sería un derroche de recursos, y es la autopista más rápida a la quiebra y pobreza suyas y las de sus empleados.

AUMENTO DEL SALARIO MÍNIMO ¿Y AHORA QUÉ?

Antes de proseguir con este análisis, vamos a aclarar dos términos que nos van a hacer entender este lío mucho mejor. Imagine un billete de cien mil pesos, diciendo que su valor nominal es la cantidad expresada en ese billete. Si le agrega otro billete de la misma denominación, tendrá un valor nominal de 200 mil pesos. Ahora viene otro concepto interesante: el valor real del billete. Esto es simplemente lo que usted puede comprar –llamado poder adquisitivo– del billete en cuestión, ya que una cosa es el valor nominal y otra el valor real. Teniendo en cuenta estos dos conceptos, volvamos a nuestro ejemplo y le añadimos algo.

Supongamos que le hacemos caso al demagogo Gustavo Bolívar y subimos el salario mínimo, digamos un 20%. Ya el salario mínimo mensual que le va a pagar a sus empleados nuestro querido panadero, no es de un millón de pesos al mes, sino de un millón doscientos mil. En apariencia, el senador Bolívar sería el héroe de esta película, debido a que habría más ingreso para los trabajadores y, por ende, mayor consumo aumentando la riqueza de las empresas. La mala noticia es que la realidad supera a la ficción y no sólo aumenta la cantidad de dinero –recordemos el valor nominal–, sino también los costos laborales de los empresarios por las incidencias laborales que mencionamos arriba. Lo que ha pasado con todo esto es que los costos laborales no subieron en un 20%, sino posiblemente en un 40 o hasta 50% dependiendo del caso. Volvemos a decir: “¡Houston, tenemos problemas!”.

LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN

Veamos entonces que al trabajador le aumentó de manera nominal un 20% su ingreso mensual, pero la presión para el empresario en los costos por trabajador ha subido al menos un 30% (los 20% del salario mínimo + x% por las incidencias laborales, que por motivos explicativos lo supondremos en 10%). Al empresario le quedan pocas opciones para enfrentar todo esto:

  1. Aumento de la cantidad producida para compensar a través del volumen; las pérdidas por aumento de costos laborales (muy poco probable que pase, sólo con empresas con mucha capacidad ociosa y un desarrollo tecnológico muy grande).
  2. Disminución de los costos laborales despidiendo personal (escenario muy probable); y,
  3. Aumento del precio de venta de los productos, para así poder compensar las pérdidas ocasionadas por el Estado y sus políticas regulatorias. En la realidad, los escenarios 2 y 3 se juntan para traer el peor de los mundos posible.

Aquí vemos la importancia de diferenciar entre lo nominal y lo real, pues aunque a nuestros estimados empleados de “La Libertad” su ingreso nominal se les subió en un 20%, el real no lo hizo de la misma forma y, más bien, bajó ¿Por qué? Porque los empresarios decidieron aumentar más de un 20% (recordemos el ejemplo, aproximadamente un 30%), lo cual nos lleva a la conclusión que ahora que ganan un millón doscientos mil, compran menos bienes y servicios que cuando ganaban un millón de pesos mensuales. En este sencillo ejemplo, no estamos incluyendo variables de políticas monetarias y fiscales que crean escenarios aún más complejos, y que sólo intensifican la problemática del desempleo y la inflación.

COMENTARIO FINAL: ¿QUÉ PASA CON LOS MÁS JÓVENES Y LOS MÁS VULNERABLES?

Volvamos a nuestro ejemplo de “Panadería La Libertad”, y supongamos que usted, como dueño, tiene un sobrino de 15 años que quiere ganarse un dinero extra. Existen tareas menores en el negocio que él puede hacer en medio día. El problema vuelve a presentarse por la intromisión del Estado al imponer un salario mínimo por una jornada completa, ya que, el valor del trabajo del joven, es menor del salario impuesto; por lo cual no lo puede contratar, creando a su vez, mayor desempleo en la población.

Asimismo pasa con personas discapacitadas y/o ancianas que tienen toda la disposición para trabajar, pero debido a los altos costos de contratación, no pueden ser enganchadas a las empresas. Esto, indica la profunda contradicción de las medidas del salario mínimo que terminan afectando a la población que en teoría se quiere ayudar.

De esta manera, llegamos a la trágica conclusión que, un aumento del salario mínimo nominal, lo que ocasiona es un aumento del desempleo y la inflación, quedando el nada honorable senador Gustavo Bolívar; como un falaz payaso de un show mediático, donde termina ganando el Estado y, como eterno perdedor, el ciudadano del común.

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