SER LIBERAL Y CONSERVADOR AL MISMO TIEMPO ¿UNA LOCURA?

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A partir del famoso de debate entre los politólogos Gloria Álvarez y Agustín Laje, se ha vuelto una vez más a poner en la palestra pública una dicotomía entre ser liberal/libertario y ser conservador, donde se señala que ambas son mutuamente excluyentes en el pensamiento de una persona. En esta columna vamos a despejar las dudas si es posible o no tener ambas posiciones y no quedar como un inconsistente.

PUNTOS DE ARRANQUE

Como todo tiene un principio, es aquí donde empezamos a definir cuales son las corrientes filosóficas que tenemos y sus consecuencias. Hay dos formas de entender la realidad política y social: 1) Pensamos que el pasado remoto empezó en un caos total, en un desorden crónico, y por ende, la acción del ser humano va solucionando esta situación; se generó un progreso a través de la historia: el enfoque de esta visión se basa siempre en buscar la innovación y la novedad (ese es el leitmotiv de los que buscan el progreso). El otro punto inicial es: 2) Se imagina el pasado remoto en una situación idílica, una Edad de Oro, que por ciertas circunstancias se rompa ese orden y entre en una posición de caos: una entropía social cada vez más creciente. Entonces, la tarea de este pensador o actor social es conservar aquello que hizo grande a esa civilización y la cual se ha ido perdiendo en el tiempo.

Esa dicotomía entre progresar y conservar es una dinámica constante no sólo entre una sociedad, sino también entre un mismo individuo. No son posiciones 100% monolíticas, ya que una persona puede ser conservadora en un área de su vida, y ser progresista en otra. En la riqueza del ser humano se pueden conseguir ambas tendencias, entre el querer innovar y alcanzar lo más novedoso (porque en el futuro esta la posición ideal de la sociedad: la utopía) y el querer conservar tradiciones que han hecho virtuosos a sus integrantes, ya que al aceptar que no viven en la “sociedad ideal”, quieren conservar algo de ello.

¿CUÁL ES LA MEJOR POSICIÓN?

La mejor regla de decisión que nos dejó, en mi opinión, para dilucidar este conflicto, es la hecha por el escritor inglés G.K. Chesterton: “Toda filosofía política que quiera comprender la realidad, debe estar basada en la justicia”. Y en lo personal, podría añadir que es la verdad el otro componente; puesto que tiene que ser justo, para poner todo en el lugar idóneo, y que sea cierto para no caer en contradicciones. En palabras más sencillas, una filosofía tiene que partir de la realidad, ya que la idea no es innovar por tener simplemente novedad, sin ver las consecuencias a futuro y para la estabilidad de esa sociedad. Pero tampoco es querer conservar tradiciones por tener un pasado supuestamente glorioso, sin ver si esas instituciones fueron justas o no (podemos pensar fácilmente en el canibalismo, la esclavitud, la ablación genital femenina, y muchas más que son profundamente injustas y dañinas a la sociedad). No hay que confundir al conservador con el tradicionalista.

Friedrich Hayek en su libro La fatal arrogancia nos da otro aporte importante, que al final de su vida nos habla de la tradición y su origen. El gran pensador austríaco nos dice que a partir del orden espontáneo se van desarrollando instituciones como el dinero, el derecho, el lenguaje, y por supuesto, códigos morales que de manera evolutiva se van desarrollando para que el funcionamiento de la sociedad sea más eficiente y de mejoría para cada uno de nosotros. Y van quedando sólo las instituciones que optimizan nuestra sociedad, y se descartan aquellas que nos hacen daño. Esta síntesis maravillosa entre progreso y conservar, este autor la sintetiza así, ya que responder a la gran pregunta: conservar, ¿pero qué? es un imperativo (lo cual vamos a detallar más en la próxima sección).

Lastimosamente, el ansia de progreso ha sido coactada o secuestrada por el socialismo, ya que progresismo es un término relacionado a una tendencia política orientada, en general, hacia el desarrollo de un Estado de bienestar, la defensa de derechos civiles (de diferentes colectivos sociales), la participación ciudadana y cierta redistribución de la riqueza. En este sentido, el progresismo defiende, en líneas generales, más igualdad económica y social, así como también lo que se consideran más avances o progresos en materia sociocultural. La historia nos ha señalado, y hay mucha documentación al respecto, los profundos daños de esta visión, y en la próxima columna hablaremos de este concepto.

VIENE A LA ESCENA EL LIBERALISMO

En la columna anterior, hablamos de que el liberalismo/libertarismo se definía como el respeto irrestricto al proyecto de vida del otro, además incluíamos la regla de oro del libertarismo: “¿La promoción de una política determinada para hacer crecer el Poder del Estado sobre el Individuo?”. A partir de estas dos reglas, podemos ver y analizar el conservadurismo (tema de esta columna) con la filosofía liberal. Pero antes de entrar a ellos, tenemos que saber como se define esta última filosofía. Si seguimos al gran Sir Roger Scruton, el mayor pensado conservador el siglo XX e inicios del siglo XXI, nos define el conservadurismo como: “aquella doctrina que replicaba al «» de la soberanía popular, defendía la herencia frente a la innovación radical, e insistía en que la liberación del individuo no podía alcanzarse sin preservar las costumbres e instituciones a las que amenazaba el énfasis unívoco en la libertad y la igualdad”. En resumen, Scruton afirma que: el conservadurismo se alzó desde los inicios como un llamamiento a la mesura, consciente de que muchas veces la persecución exacerbada de la justicia termina generando las mayores injusticias.

Generalmente, las bases principales del conservadurismo clásico anglosajón, del cual parten Scruton y otros autores, son los siguientes: la creencia de que la desigualdad social es inevitable y el pleno rechazo al concepto de justicia social, así como la importancia de la religión como una institución portadora de ideologías, no sólo religiosas (tal y como defiende el neoconservadurismo o el tradicionalismo), sino de conservación del orden social y el valor de la moral de antaño.

CONSERVADORES POLÍTICOS Y CONSERVADORES MORALES

En un genial artículo, el profesor Gabriel Zanotti nos da en el punto exacto en donde colisionan las reglas de la filosofía liberal y el pensamiento conservador. Citamos al profesor:

El liberal defiende la libertad religiosa, de expresión y de enseñanza entendidas como el derecho a la ausencia de coacción sobre la propia conciencia, y el derecho a la intimidad como el derecho a que las acciones privadas de los seres humanos estén fuera de la autoridad de los magistrados. Por lo tanto, un liberal, desde un punto de vista político, no está «a favor de» la homosexualidad o la heterosexualidad, sino «a favor de» las libertades individuales y el derecho a la intimidad de todos; o sea, un liberal, desde un punto de vista político, defiende el derecho a la ausencia de coacción sobre todo aquello que no afecte de un modo directo derechos de terceros, aunque obviamente las externalidades negativas presentan zonas grises que siempre se han discutido con altura y tranquilidad.

Seguimos citando:

Legalmente, otra vez, lo que haga el prójimo y no atente contra derechos de terceros debe ser custodiado en tanto que el Estado no tiene por qué intervenir. Pero moralmente hay proyectos de vida del prójimo que no tienen por qué merecer «un irrestricto respeto». Yo respeto a las prostitutas como personas y les aseguro que, como el mismo Evangelio dice, estarán primero en el Reino de los Cielos antes que muchos otros (cosa que se aplica muy bien a Argentina…), pero sus acciones desde un punto de vista moral no son «respetables», aunque no se deba juzgar su conciencia. Y así con muchos otros casos y ejemplos. Y el que crea que todo liberal debe ser necesariamente un agnóstico desde un punto de vista moral, desconoce toda la tradición liberal clásica. No ha leído a Smith, a Constant, a Locke, a Montesquieu, a los constitucionalistas norteamericanos, a Lord Acton, a Hayek, a Popper, o a Mises.

CONCLUYENDO

Como conclusión, vemos que todo aquel que quiera imponer una moral privada través del poder del Estado y sus leyes (como por ejemplo aquellos tradicionalistas que quieren judicializar los pecados de los diez mandamientos de la ley mosaica), los llamados conservadores políticos, son una afrenta total al pensamiento liberal; en palabras más sencillas, son unos dictadores totalitarios en potencia. Sin embargo, negar toda moral en la acción política, es el camino al desastre como lo evidencia el progresismo dentro de las líneas liberales, que terminan rompiendo las reglas de la filosofía libertaria. El comentarista estadounidense Austin Petersen, ha determinado 11 tipos de libertarios cónsonos con los planteamientos liberales; y entre ellos están los paleolibertarios, y los cristianos libertarios y conservadores morales (principios con los cuales este autor se identifica).

En próximas columnas, veremos como el progresismo y el conservadurismo político son en esencia dos caras de una misma moneda.

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Columnista en El Bastión
Economista de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas - Venezuela. Especializado en Econometría y Evaluación de Proyectos para PYMES. Estudioso de la Economía Austriaca. Coordinador del Grupo Libertarios Cali, Miembro Fundador de Derecha Ciudadana, Miembro de la Organización Libertaria de Colombia. Ex Columnista de This is Sillicon Valley, Ex Editor de Reagan Report.