UN PROTECCIONISMO QUE MATA

Una de las mentiras más grandes que existen hoy, a nivel económico, es que Colombia es un país abierto al comercio exterior. Esta falsedad, repetida por senadores como Jorge “el maoísta” Robledo, oculta una realidad muy problemática que hoy, en el peor momento de nuestra historia moderna, le costará la vida a muchas personas.

Pero, vamos por partes ¿Qué es el proteccionismo? Parafraseándolo un poco, es una política económica donde se restringen las importaciones en aras de “proteger la industria nacional”. Para ello, utiliza mecanismos como los aranceles –que hablaré de ellos más adelante–, y barreras administrativas como las regulaciones, permisos o topes máximos en las unidades. Viéndolo de esa forma, podría decirse que es una política acertada, pero nada más lejos de la realidad.

Esta política tiene un alto precio en el consumidor final, o sea usted, porque cierra la posibilidad de encontrar productos de mejor calidad a precios más accesibles, sin contar que el proteccionismo es caldo de cultivo para los oligopolios –cosa que ya vive fuertemente Colombia–. Como ya lo mencioné, el senador Jorge Enrique Robledo, es uno de esos fanáticos por esta política. Si por él fuera, prohibiría toda importación posible para que, mágicamente, el país se convirtiera en una potencia industrial.

Dicho talante, lo exhibió al atacar a la plataforma de Uber, donde sentenció sin mayor vergüenza que: “Uber es un pinche programa de computador que se consigue en cualquier esquina; en referencia a que lo importante del modelo de negocio no era el software desarrollado, sino la prestación del conductor –un absurdo difícil de tragar que le causó gran repudio, ciertamente merecido–. Lastimosamente, lejos de estar en un escenario agresivo con el comercio exterior, esto es…

UNA REALIDAD PALPABLE

Para demostrarlo, basta con una corta visita en la lenta y densa plataforma de la DIAN, llamada MUISCA. Ahí, usted ubica la parte de consultas arancelarias y, prepárese para admirar con estupor, las opciones para hurgar en ese laberinto. Entre todas las opciones, la que menos causa angustia, es la consulta por estructura arancelaria. Allí, le dividen todo en veintiún secciones, que aglutinan los 98 capítulos y sus ¡9807 partidas arancelarias! –sin contar las subpartidas– de este “neoliberal” país.

Colombia grava con arancel casi todo, independiente de si se produce acá o no; además, de existir alguna exención, es de carácter temporal o para cantidades irrisorias. Esto llegó al extremo de, aun viviendo la emergencia sanitaria más dura de este siglo, seguir a raja tabla la política proteccionista de Robledo y sostenerle un arancel del 5% al oxígeno; un insumo importantísimo para el tratamiento contra el COVID-19. Y digo sostenerle, porque fue hasta el 26 de abril que, bajo el Decreto 423, al Presidente le tocó quitarle dicho arancel, gracias a la fuerte escasez y al alto precio del oxígeno en el mercado.

SIGUEN SIN APRENDER Y ESO CUESTA VIDAS

El seguir de tercos con el proteccionismo, les pasa hoy una fuerte y dolorosa factura a los ciudadanos. La situación con el oxígeno pasó de castaño a oscuro y se exhibió cuando, el Gobernador de Antioquia, elevó una carta al Ministerio de Salud donde afirmaba: la demanda del gas se ha disparado a un 500%, trayendo consigo una reacción natural y perfectamente predecible en el mercado: aumento del precio y mayor escasez.

Me causa demasiada indignación que se tenga que llegar a este extremo inhumano, para apenas “barajar” la posibilidad de facilitar la importación de oxígeno de países como los Estados Unidos. No aprendieron la gran lección que vivimos entre marzo y abril del pasado 2020, donde la escasez de los tapabocas llevó los precios a máximos ridículos. Hasta que, el INVIMA, en el Acta II del 11 de marzo, desregularizó el mercado, permitiendo su fabricación en masa sin licencias, lo que causó una estampida de los productores locales.

Como medida acompañante, el Presidente declaró la exención del arancel para su importación, lo que se volvió atractivo para los importadores y empresas extranjeras, y ¡Pum! Hasta debajo de las mesas usted encontraba una caja de tapabocas de 50 unidades. Al día de hoy, Colombia no ha vuelto a saber que es un tapabocas desechable a $COP 2.000, e incluso, la estampida bajó el precio de los famosos N95 que tan apetecidos eran. Los precios llegaron a tal punto que, los productores locales, le pidieron al Presidente volver a colocar el arancel proteccionista (Nota AQUÍ); lo que resalta otra dura realidad.

NO APRENDEMOS Y ESO NOS COSTARÁ EL FUTURO

La solicitud de las empresas locales de reactivar el arancel, demuestra que el discurso politiquero de Robledo, obedece a un pensamiento arcaico generalizado sobre la economía y, que la mayoría de las empresas locales, no están dispuestas a competir con empresas extranjeras debido a su fuerte carencia de productividad. Lo anterior, no lo deben tomar sólo como una falta de compromiso por parte de los empresarios, porque sería negar que el país posee varias políticas económicas y laborales que afectan directamente dicha competitividad, sino como la construcción de un gran ciclo destructivo que agudiza sus efectos cada vez más.

Lo único que quedaría por responder es ¿Estamos dispuestos a cambiar? Lastimosamente y debido a las causas del paro de este 28 de abril, la respuesta es ¡No! Y no hablo por los actos vandálicos, sino por las razones de fondo que se usaron para motivar el paro. Es claro que la reforma tributaria tiene propuestas nefastas para la economía de la clase media, pero estas no fueron siquiera debatidas con la profundidad necesaria y, mucho menos, se llegó a contra-proponer para solventar la fuerte crisis financiera que sufre el Estado hoy.

En cambio, movidos sólo por argumentos emocionales, miles salieron a las calles a exigir incongruencias como, retirar dicha reforma, a la vez que pretender obligar el implementar la Renta Básica Universal. A ellos les pregunto ¿Acaso no saben de dónde sale el dinero? Otros, salieron arengando que la corrupción es el único mal que tiene el país, ignorando por completo el gran costo que significa sostener ese Estado social de Derecho.

Por último, están los más incrédulos, esos que creen que el Estado es capaz de generar riqueza y que sólo basta con hacer una ley y dos decretos, para que el dinero aparezca de la nada. Aquí está la mayoría, misma que populistas rastreros como Gustavo Petro enamora con su onírico futuro para desestabilizar la democracia y acabar con las libertades individuales. Lamento si con estas palabras ocasiono una desazón mayor en sus vidas, pero, no podría siquiera dormir en paz, sabiendo el oscuro futuro al que se dirige Colombia y no hacérselos ver.

CarlosNM
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