EL MITO DE UN FRACASO GENERACIONAL

Las ideas insertadas en la presente, se las dedico a mi padre Roberto, mi madre Diana y mi tía Denis. Ellos –entre otros allegados– me enseñaron el valor del trabajo honesto y el esfuerzo para construir familia y construir país. Son un reflejo de la falacia que esconde aquella propaganda barata que pretende tildar a generaciones enteras como fracasadas, como destructoras del país; y aunque hay muchas cosas que pudieron ser mejores –como no podría ser de otra forma–, se resaltará su aporte inconmensurable con nuestra patria Colombia.

DEL ODIO DE CLASE AL ODIO DE GENERACIONES

Es claro que los descontentos sociales siempre generan múltiples problemas que evitan el crecimiento de un país, desde el aspecto monetario hasta aquellas facetas denominadas intangibles que gestan la calidad de vida de los ciudadanos. Sin embargo, en la medida que muchas generaciones ven truncada la realización de su proyecto de vida por múltiples razones, hay una tendencia clara a rechazar el relativo éxito de otras generaciones que han conseguido crecimiento económico y calidad de vida; muchos líderes políticos irresponsablemente capitalizan estas situaciones y alimentan un discurso de odio de clases, una película repetida en Latinoamérica y muchas otras partes del mundo.

De forma lamentable, estos discursos de odios de clases han tenido una ampliación peligrosa hacia un odio generalizado en redes sociales por las generaciones que precedieron los jóvenes menores de 30 años; es decir, todas aquellas nacidas entre 1960 y 1990 como responsables del “terrible” panorama que ellos dicen que existe en Colombia.

Y no, no malinterpreten mis líneas como una pluma ajena al difícil panorama que ha tenido Colombia desde su independencia de España; por el contrario, se trata de resaltar a un país que nació en conflictos internos y, luego de más de 150 años, comenzaba a alejarse de los terribles puestos de pobreza y pobreza extrema que asediaban a la población en general.

Concretamente, tenemos a unas generaciones que desde 1990 disminuyeron más del 20% de pobreza monetaria, más del 15% de miseria y más del 25% del analfabetismo de acuerdo al Colombia Poverty Report del Banco Mundial del año 2002 (año donde no se habían disminuidos los estándares de ingreso per cápita para dejar de considerar pobres a los ciudadanos). Una generación que asumió el gasto público que representó conectar medianamente el país vialmente, y que gestó una cobertura en salud y educación en niveles superiores al 80% de la población; una generación que destacó al país en música, artes y deporte.

En Colombia mucho hay por hacer, desde aprender a generar riqueza sin necesidades de “alinear los astros” –metáfora alusiva a las costumbres mercantilistas– y gestar un aumento en la productividad de la mano de obra hacia estándares internacionales, hasta dirigirnos hacía la economía de alto valor agregado; es decir, darle importancia debida al sector primario y secundario, y motivar en mayor medida un sector terciario y cuaternario amigo plenamente de la investigación y el desarrollo.

Luego, es inconcebible que lleguen las nuevas generaciones a reclamar un país mejor, cuando de entrada cuentan con salud y educación hasta nivel superior de forma gratuita y con altas tasas de cobertura, además de un mercado que ya fue diversificado y tiene todo para ser liberalizado plenamente. Un reclamo que no da lugar, teniendo en cuenta que es natural que las nuevas generaciones siempre mejoran las condiciones que heredaron; eso se llama progreso.

LOS VERDADEROS LUNARES NEGROS

Estas generaciones fueron las primeras en emigrar en masa a otros países, gestando progreso económico positivo así como negativo con todo el fenómeno del narcotráfico en los últimos treinta años. Una dinámica de unos millones de personas que decidieron, de manera empedernida, en trabajar y progresar, y un subsector que decidió el progreso monetario a cualquier precio, siendo amigo de un estilo de vida con base en la ilegalidad y siguiendo la senda del conflicto.

Y la educación, un pilar fundamental para superar las barreras de generación de riqueza con bajo valor agregado hacía mayores niveles, fue decisivo; millones de personas que generaron una tendencia de educarse hasta el último nivel escolar, financiarse en su mayoría la educación profesional y ser hoy los gestores de la educación de las nuevas generaciones. Pero en su lugar, olvidaron inculcar el esfuerzo de educarse con propósito, de imprimir a las futuras generaciones esa hambre de comerse el mundo y de salir de la zona de confort para aventurarse en un futuro que requería un capital humano dinámico y no uno frágil ante cualquier adversidad.

¿Descuidaron las finanzas públicas? En gran parte, pues optaron por un modelo económico que construyó un país de la mano de un gasto público so pena del poder adquisitivo de las personas. Pero también sufrieron y nos heredaron los llamados efectos del desarrollo, desde el encarecimiento de la vivienda hasta asumir asfixiantes cargas fiscales y laborales en el caso del empresariado.

Sufrieron los efectos de la explosión demográfica y la falta de planificación de: ¿Qué íbamos a hacer con tantas personas de repente? El resultado: muchos ciudadanos que crecieron sin la guía de un hogar, y con ello, el aumento de la delincuencia y el de una necesidad con incremento exponencial de alimentar, educar y atender en el sistema sanitario.

COMENTARIOS FINALES

Desde el criterio de este joven autor, exponemos la filosofía japonesa que todo puede mejorarse y la inquietud por el progreso de una sociedad debe ser constante, se guarda el respeto en la lucha por las ideas y de los medios de que se logrará, pero se rechaza tajantemente la campaña antiética de odio hacia las generaciones de los nacidos entre 1960 y 1990 como presuntos responsables de los “males” del país. La violencia también puede ser verbal y las redes sociales han sido en los últimos años un espacio propicio para descalificar personas y generarles insultos.

Y es una invitación extendida a construir sobre lo construido, y a alejarnos de cualquier discurso de odio que pretenda descartar cualquier paso dado por la superación de la pobreza en nuestro territorio. El presente, más que una declaración de ideología, es una declaración de buenos principios, de llamado a la paz y a mirar hacia el futuro.

Por último, le doy una mención especial a mi amigo Daniel, hombre íntegro de 63 años de edad, que es vivo ejemplo de que la revolución de las cosas pequeñas gestan el cambio de generaciones enteras y nos muestra la importancia del aporte del individuo con la sociedad, sin necesidad de colectivizaciones.

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Kevin Pacheco Del Castillo
Abogado Egresado. Administrador Inmobiliario. Diplomatura en Derechos Humanos Instituto IDH. Administrador de Empresas egresado. Experiencia de Seis años en Derecho Privado.
Artículos: 33

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