Cuando hablamos de libertad económica, no nos referimos únicamente a la capacidad de gastar nuestro dinero como nos plazca. Es, en esencia, un concepto mucho más profundo y vital. La libertad económica es el derecho fundamental de mandar en nuestro bolsillo: de decidir cómo, cuándo y dónde invertir nuestros recursos. Este derecho es el pilar sobre el cual se erigen todas las demás libertades. Sin él, ¿cómo podríamos expresar nuestras ideas o llevar a cabo nuestros proyectos? Cada expresión o cada idea, necesita de una base material para manifestarse. Si el Estado controla todos los medios de producción, ¿dónde queda el espacio para la libre expresión y para las demás libertades?

Sin embargo, la libertad económica va más allá de poder mandar en nuestro bolsillo. Consiste en entender y decidir qué hacer con ese poder. La libertad económica es una responsabilidad tanto como un derecho. Por ejemplo, un ludópata, aunque sea libre de gastar su dinero como desee, en realidad está atrapado por sus impulsos; lo mismo ocurre con un adicto a las drogas, que aunque tenga el control de su dinero, está esclavizado por su adicción. La verdadera libertad económica implica tomar decisiones responsables, no meramente hacer lo que nos plazca en un momento dado. La libertad no es hacer lo que se nos da la gana: es hacer lo que debemos hacer porque se nos da la gana.

La libertad es el camino que nos lleva a ser nuestra mejor versión. No se trata simplemente de hacer lo que queramos, sino de hacer lo que debemos porque así lo decidimos. En un entorno donde se respete y proteja la libertad económica, las personas pueden alcanzar su máximo potencial. Este es un entorno donde la innovación y la creatividad florecen, donde cada individuo tiene la oportunidad de aportar al bienestar colectivo.

Por otro lado, el estatismo, con su control absoluto, representa una amenaza directa para la libertad económica. En un sistema socialista o en uno fascista, el Estado dicta cómo se deben usar los recursos, limitando severamente la capacidad de los individuos para tomar sus propias decisiones. Esta falta de libertad no solo sofoca la innovación y la creatividad, sino que también conduce a la ineficiencia y al desperdicio de recursos. En última instancia, el socialismo, o cualquier forma de colectivismo, reducen nuestra capacidad para ser la mejor versión de nosotros mismos, para alcanzar nuestro potencial y contribuir de manera significativa a la sociedad que pertenecemos.

La libertad económica es esencial para el desarrollo humano y el progreso. Sin ella, nos convertimos en simples espectadores en el teatro de nuestras propias vidas, incapaces de tomar las riendas de nuestro destino. La elección es clara: debemos esforzarnos por un futuro donde la libertad económica sea la norma, no la excepción. Solo entonces podremos alcanzar una sociedad donde cada individuo tenga la oportunidad de florecer y prosperar.

Las sociedades con mayor libertad económica no solamente son prósperas por tener bajos niveles de intervención. No. Son prósperas porque sus habitantes se están convirtiendo en su mejor versión, y nuestra mejor versión solo es posible en libertad. La libertad económica nos permite convertirnos en los verdaderos dueños de nuestra propiedad, pero la economía en libertad nos permite convertirnos en los verdaderos dueños de nuestras vidas. Lucha por la libertad y luego lucha para no hacerte esclavo de sus frutos, sino, un fiel seguidor de tu mejor versión.

NOTA:

La versión original de este artículo apareció por primera vez en el Diario La República (Colombia).

Jair Viana
Jair Viana

Director de Investigación de LIBERTANK. Analista económico y financiero, y columnista para varios medios con estudios especializados en políticas públicas, crecimiento económico y estabilidad. Amplia experiencia en gestión de activos, planificación financiera y macroeconometría.

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