Hoy, como todos los días de las últimas dos (2) décadas, 138.000 personas alrededor del mundo habrán salido de la pobreza. Este milagro cotidiano, invisible para muchos, es el testimonio más poderoso del potencial humano desatado por la libertad. Es una realidad que desafía la retórica del fatalismo y nos recuerda que el progreso es alcanzable cuando la libertad sirve de cimiento.

La libertad, en su sentido más amplio y profundo, es el terreno fértil en el que florecen la creatividad, la innovación y la dignidad humana. Es el camino en el que las personas pueden desarrollar su mayor potencial y así crear cosas que a nuestros antepasados les parecería impensables. Las sociedades que hoy consideramos exitosas no lo son por sus recursos naturales, pues los países en donde abundan suelen estar estancados; tampoco por el clima, mucho menos por suerte. La razón de que existan sociedades más avanzadas reside únicamente en la cantidad de libertad que están en condiciones de abrazar. Por esto, un porcentaje mayor de esas 138.000 personas que salieron de la pobreza proviene de un puñado de países, mientras otros permanecen atascados.

Los enemigos de la libertad dicen que lo anterior se debe a una distribución desigual de la riqueza y usan la maquinaria coercitiva del Estado para redistribuir, frenando el progreso a través de regulaciones, impuestos y fomentando el discurso de odio contra los creadores de este. Parten de la falacia de que la riqueza es una torta finita que debe ser repartida, sin reconocer que siempre terminan deformando la torta, dejando a muchos con apenas las migajas. Quedarán tranquilos porque en el reparto de migajas, las disparidades son menores. Ignoran por completo que la desigualdad en el mundo se debe realmente a la distribución desigual de libertad y capitalismo. Las sociedades que disfrutan de ambos se vuelven más ricas, mientras que aquellas a las que se les niega permanecen pobres.

En el ámbito económico, la libertad se manifiesta en la capacidad de trabajar, ahorrar, producir, vender, comprar e intercambiar de manera voluntaria y sin restricciones injustas. El Estado debe adoptar el papel de un árbitro imparcial, garantizando el respeto a la propiedad privada, la libertad de los mercados, la competencia, la división del trabajo y la cooperación social voluntaria.

La humanidad ha presentado un inmenso progreso en las últimas décadas. El drástico descenso de la pobreza global –de un asombroso 85 % en 1800 a 8,4 % en la actualidad– es una gran proeza solo atribuible a la expansión de la libertad. Las naciones más libres son más prósperas y sus ciudadanos disfrutan de un bienestar que supera con creces al de aquellos que viven bajo el estatismo. Las tres (3) décadas después de 1990, a las que activistas como Naomi Klein llaman de “capitalismo salvaje”, han visto mayores mejoras en las condiciones de vida de la humanidad que los tres milenios anteriores combinados.

Colombia posee un potencial inmenso para superar la pobreza y elevar el bienestar de sus ciudadanos. ¿Qué se requiere? Más libertad, más capitalismo, altos niveles de tolerancia del éxito ajeno y alejar del poder a los enemigos de la libertad. La transformación que anhelamos es tanto individual como colectiva, y comienza con la convicción de que la libertad es el único camino hacia nuestra mejor versión como sociedad.

NOTA:

La versión original de este artículo apareció por primera vez en el Diario La República (Colombia).

Camilo Guzmán
Camilo Guzmán

Administrador de negocios de la Universidad EAFIT. Especialista en Gobierno, Gerencia y Asuntos Públicos de la Universidad Externado de Colombia y de Columbia University, y Magíster en Políticas Públicas de Queen Mary University of London. Fue becario Chevening: beca otorgada por el Gobierno británico a futuros líderes.

Ha trabajado en el Senado de la República de Colombia. En el sector privado ha sido docente de cátedra en la Universidad de La Sabana, y actualmente se desempeña como Director Ejecutivo del tanque moderno de acción LIBERTANK.

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