La pobreza es el estado natural de la humanidad. Durante milenios, los seres humanos sobrevivieron en la escasez, con hambre, enfermedades y una esperanza de vida miserable. Lo extraordinario, lo contraintuitivo, no es la pobreza, sino la prosperidad, y esta solo apareció cuando se permitió que la creatividad empresarial floreciera en un marco de libertad.

El empresario es quien coordina lo disperso y arriesga lo propio para crear valor; es un descubridor de oportunidades y un especialista en necesidades ajenas; es, en últimas, el verdadero motor del progreso. Gracias a esa función empresarial la Tierra es hoy más de 500% más abundante que hace apenas cuatro décadas, y lo que antes era un lujo hoy es parte de la vida cotidiana.

Pero en Colombia, en lugar de liberar esa energía creadora, el Estado la sofoca. En vez de árbitro imparcial es un obstáculo permanente: obliga a los empresarios a perder cientos de horas en trámites inútiles, protege con privilegios a los cercanos al poder y exprime con impuestos confiscatorios a quienes producen. Así, cada empleo que no se crea, cada proyecto que no se abre, cada salario que no mejora, son consecuencia directa de un Estado que, en nombre de la justicia, termina multiplicando la pobreza.

El empresario es un gran descubridor. Con imaginación y audacia convierte lo escaso en abundante, lo caro en barato, lo imposible en posible. Es un héroe anónimo que coordina, arriesga y transforma lo disperso en orden. El empresario es, en cierta forma, un alquimista moderno: combina recursos dispersos y los convierte en prosperidad. La riqueza es siempre el resultado de la creatividad humana en libertad.

El problema en Colombia es que el Estado, en vez de facilitar, ahoga. En teoría debería ser un árbitro imparcial que garantice reglas claras y fomente la cooperación; en la práctica es un estorbo que castiga al que produce y premia al que obstruye. Según el Instituto de Ciencia Política, un empresario colombiano debe dedicar más de 700 horas al año solo a cumplir trámites y regulaciones. Y como si la maraña burocrática no fuera suficiente, se suma el capitalismo de amigotes: aranceles, privilegios y monopolios diseñados para proteger a quienes están cerca del poder.

A esa trampa regulatoria se añade la trampa tributaria. Colombia tiene los impuestos más altos de la OCDE sobre las empresas. No es casualidad que seamos el país más pobre del club de los ricos. Cada peso que se arranca a una empresa es una máquina que no se compra, un proyecto que no se abre, un empleo que no nace.

En lugar de financiar un Estado austero y eficiente, esos recursos engordan un aparato corrupto que mantiene burócratas y políticos enriquecidos con el trabajo ajeno. La alta tributación no combate la pobreza, la multiplica, porque destruye el único motor real para salir de ella: la inversión privada. En Colombia, los impuestos no sacan a nadie de la pobreza, pero sí mantienen a muchos políticos en la riqueza.

La pobreza, conviene recordarlo, es el punto de partida de la humanidad. Lo extraordinario es la prosperidad, que solo surge cuando se respeta la libertad de crear y emprender. Fue el capitalismo de libre mercado, con la función empresarial en su centro, el que rompió el ciclo de miseria ancestral. Colombia será próspera no cuando multiplique subsidios ni discursos, sino cuando libere la energía creadora de sus empresarios y deje de castigar al que produce.

NOTA:

La versión original de esta columna apareció por primera vez en el Diario La República (Colombia).

Camilo Guzmán
Camilo Guzmán

Administrador de negocios de la Universidad EAFIT. Especialista en Gobierno, Gerencia y Asuntos Públicos de la Universidad Externado de Colombia y de Columbia University, y Magíster en Políticas Públicas de Queen Mary University of London. Fue becario Chevening: beca otorgada por el Gobierno británico a futuros líderes.

Ha trabajado en el Senado de la República de Colombia. En el sector privado ha sido docente de cátedra en la Universidad de La Sabana, y actualmente se desempeña como Director Ejecutivo del tanque moderno de acción LIBERTANK.

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