¿QUIÉN NOS PROTEGE DEL ESTADO?

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Este es un montaje realizado por el autor de la presente columna; sobre el óleo en lienzo del pintor francés Charles Jalabert (1819-1901): Edipo y Antígona (Œdipe et Antigone, 1842) “Antígona y su padre, Edipo, abandonan la ciudad de Tebas”.

Antígona es una de las figuras femeninas más representativas de la literatura griega, aunque su historia usualmente sirva para relatar la ya antigua disputa entre la ley natural y la ley positiva, cuya relevancia literaria reside en el hecho de que desobedece a su tío –Creonte, el tirano de la ciudad– y da sepultura a su hermano –Polinices, condenado a quedar insepulto–, alegando que no le importa morir, pues su deber es con los dioses (ley natural), no con los hombres (ley positiva). Empero, el sinsabor de esta trágica historia es la trascendencia o vigencia a la comprensión aún en nuestro tiempo, pues es una historia pertinente para hacernos preguntas sobre la justicia, el amor, el deber y la templanza. Sin embargo, creo que es también pertinente para la incómoda pregunta que todo ciudadano debe hacerse –y que todo abogado teme escuchar–: ¿Quién nos protege del Estado? La respuesta rápida, sugiere que es la ley (hecha por el Estado) o la constitución política. La idea de una constitución que consagra nuestros derechos como limitante al poder político es ampliamente aceptada en facultades de derecho y en el mainstream jurídico. Pero que, en una demostración empírica, resulta ineficiente. Daré mi respuesta antes de iniciar el texto: “Nadie nos protege del Estado”.

Observar la naturaleza del Estado –y de sus representantes– es percibir como estos, aunque se presentan muchas veces en desacuerdo entre ellos, siempre apuntan a un objetivo primario: ser la única y exclusiva autoridad moral a la que se le deba rendir culto como tal (Popper). ¿Acaso la posición de Creonte no fue una posición profundamente ligada a una autoridad moral? Una posición que derivó en un desenlace trágico, pero que en principio, se basó en una supuesta representatividad moral, pues quién sino él –el soberano– debía dejar insepulto al hombre que intentó invadir su ciudad, decisión que iba por encima de la multitud de sabiduría acumulada y expresada en normas de comportamientos, legisladas estas, por un ser anónimo llamado tradición.

La constitución en la actualidad –salvo casos muy excepcionales– ya no es más la limitante del poder político, es más bien, la herramienta del poder político; ni siquiera Creonte (el tirano) se imaginaría tener el poder político que hoy tienen el presidente Iván Duque, la alcaldesa Claudia López, el alcalde Daniel Quintero, el alcalde Jorge Iván Ospina, el alcalde Mello Castro o el alcalde de cualquier municipio; esos tiranos que se proclaman soberanos del pueblo pudieron hacer lo que ningún otro tirano: “suspender” nuestra libertad, nuestra tradición y nuestras vidas por medio de policías, subsidios y terror.

Entre muchos alaridos de malas noticias, quizá la que más impactó –hasta su eventual hastío– fue la propagación del COVID-19, y con ello, el confinamiento decretado por parte de organismos estatales y una parte importante de la población (influenciada por el miedo). ¿Cómo llegamos hasta estos insospechados parajes del estatismo? Posiblemente la respuesta no sea tan concreta como la pregunta, pero sin duda hay mucho que debemos comentar. Nosotros por ejemplo, contamos con una, dos, a lo mejor una docena de “Antígonas”: personas de espíritu libre, que se apartaron del rebaño, de la idea de encontrar la salvación en las verdes praderas del confinamiento, en contra del Estado, que suspendió nuestra tradición y nuestra libertad; como si estas fuesen objetos hechos para guardarse y sacarse según la conveniencia temporal. Sin embargo, también contra esta gran parte de la población que se mostró a favor de un confinamiento desde el inicio, pues son niveladores, esclavos todos ellos del miedo (Nietzsche). Y no preciso del miedo a morir, más bien del miedo a vivir, pues la característica principal de estar vivo es la alta peligrosidad, el riesgo y la posibilidad de muerte. Esta excitación hacia el encierro es profundamente superficial, imprecisa y tramposa, pero que es interiorizada y repetida hasta la saciedad por un rebaño, uno que ahora no vive físicamente junto, pues ya el desarrollo tecnológico es tal, que no es necesario estar físicamente juntos para conformar un rebaño ¡Ahora la colectivización es digital! La histeria del confinamiento no fue respaldada con la razón o con datos, fue respaldada con el terror mediático y con policías.

Aún cuesta entender cómo para salvarnos fue necesario golpear, multar, amenazar y controlar a una población. Nuestro escenario ciertamente no es el ideal, nos enfrentamos a una fuerza violenta que transgrede el lenguaje, la ciencia, las costumbres, los valores y la vida. A un paso de que los representantes del Estado decidan qué debemos comer, hablar, escribir, leer, hacer o comprar; por eso, es necesario que replanteemos, no nuestro “sistema económico”, sino nuestro sistema político, el cual, con una vulgar arbitrariedad no nos persuade ¡Nos impone! Quizá suene hasta exagerado, sin embargo, la macabra marca de nuestra realidad parece una coautoría entre George Orwell y Aldous Huxley, pues ideas como “nuevas normalidades” o “distanciamiento social” o “fake news” ¡Todos eufemismos! Sólo me causan tirria.

De entre las cuestiones que surgen –a la ligera– de este escrito: ¿Qué hubiera hecho Antígona si su hermano –Polinices– hubiera muerto de COVID-19? ¿Creen que tan valeroso mensaje de Antígona queda agotado en la disputa de la ley positiva y la ley natural? Ciertamente esta intrépida griega, hija de Edipo, hubiera desobedecido el confinamiento para no dejar morir la tradición, los siglos de sabiduría acumulado en valores y normas sociales que nos definen como humanos; no hubiera permitido que se le sepultara según el mandato del Estado, hubiera sepultado a su hermano como la tradición lo ordena. Claro, validando nuestra concepción de libertad moderna con la libertad de los antiguos. Y es que, el gran retroceso de la idea individual de libertad, se mantiene constante por la fuerza de esquivar la responsabilidad de la vida, y esta justificación necia de la violación de libertades se ha normalizado de tal manera, que ya el hombre no se presume libre (in dubiopro libertate); más bien recae en los que queremos ser libres argumentar dicha postura, de tal manera que se nos acusa de tener todo lo terrible, lo malvado, lo animal de presa… En fin, todo lo malo que pueda tener un hombre.

No, sostener la libertad y la tradición no es incurrir en actos deshumanizados. Al contrario, que humanitario hubiese sido el Estado si nos hubiese dejado llorar y sepultar nuestros muertos. Probablemente un individuo común –como yo– no tenga las respuestas a todo, ni mucho menos la cura a todas las enfermedades; pero yo, por mi parte, si tengo dos ojos, los cuales me permitieron observar que quizás las enfermedades sean un terrible peligro, pero ni siquiera la peor de ellas, se le asemeja al Estado.

Sobre el autor:

Este articulo fue escrito por Carlos Manjarrés Daza: Estudiante de Derecho, Coordinador Local de la organización Students for Liberty en la Región Caribe de Colombia, activista libertario en el Centro de Pensamiento para la Libertad y la Prosperidad (CPLP), miembro del Comité Central del Movimiento Libertario y columnista Invitado a El Bastión.

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