EL BAILE DE LOS INCAPACES

Todos los latinoamericanos tenemos en nuestras familias de clase media, diferentes integrantes, desde aquellos que se han esforzado poco en la vida, como aquellos que son una linda historia de superación personal; sujetos que entendieron que eran libres para cambiar el contexto socioeconómico en que nacieron, desde emigrar hacia otros países y aprovechar las tasas de cambio de monedas con mayor poder adquisitivo, hasta comerciar cualquier bien o servicio apetecido por la demanda local, emprender un largo camino en las fuerzas armadas, trabajar y pagarse una carrera profesional para luego aprovecharla al máximo, entre otras. Algunos somos aún sobrevivientes de esa generación casi extinta que nos invitó a soñar y a transformar nuestros sueños en objetivos, que nos dijo que éramos libres de conseguir lo que nos propusiéramos, y que no tuviéramos miedo –sólo precaución– de enfrentarnos al mundo y buscar salir bien librados.

Pero, una revolución cultural llegó, hace aproximadamente veinte años. A millones de niños se les dijo que no podían, que necesitaban ayuda; que no nacían con las suficientes herramientas, que la vida era difícil e injusta, que sólo podían hacerlo aquellos nacidos en el seno de familias con ingreso medio alto, poseedores de capital e influencias; esa revolución logró implantar una generación de incapaces.

LOS HUÉRFANOS DE UN PADRE IRRESPONSABLE

Esa revolución cultural se encargó de educar en torno a una figura abstracta denominada el Estado; uno que siempre abandona, o sólo se acoge a los que tienen intermediario, uno que presta servicios ineficientes a un valor superior al mercado, uno que corrompe, que abusa y que cada día se convierte en un pesado paquidermo que poco a poco se hace más torpe para mover, y a medida que va engordando, los que tienen que moverlo se hacen más y más delgados y livianos, a tal punto de carecer de fortaleza y vitalidad para lograrlo.

Esa educación, generó una constante expectativa de cambio mágico, donde los niños huérfanos miran por una ventana del orfanato esperando que algún día sus padres vengan a rescatar; pero tal es la pasividad, que convierte la probabilidad en ínfima que realmente ocurra.

LA NUEVA NORMALIDAD: EL SUJETO PASIVO

Andrés es un joven universitario de la ciudad de Bogotá. Tiene 23 años, y como muchos jóvenes, considera que el Estado colombiano no hace el suficiente esfuerzo para darle educación gratuita de “calidad” desde el Kínder hasta el doctorado, empleo “digno”, salud “digna”, un piso de protección social para los seres que pudiera traer al mundo, escenarios con recitales culturales totalmente gratuitos, parques ecológicos totalmente gratuitos, transporte público gratuito, y el nuevo capricho: renta básica –no pide casi nada–.

Al analizar a simple vista, vemos la historia de Andrés repitiéndose una y otra vez por toda América Latina: sujetos que se han acostumbrado a exigir una cantidad increíble de prebendas sin aportar absolutamente nada; todo ello pagado por otros ¡jamás por ellos! –porque no producen nada y tampoco les gusta pagar impuestos–.

En contravía tenemos a Jamal, un joven de la India que tiene 23 años, asistió a una escuela técnica de tecnología en Bombay, y ahora se ha dedicado a ser autodidacta con la guía de tutoriales de YouTube y múltiples foros en internet en el aprendizaje de la programación; hoy Jamal hace parte de la estadística que sitúa al segundo país más poblado del mundo, con problemas graves de acceso a bienes de primera necesidad, como el segundo país que más produce programados en el mundo: unos reyes absolutos del software, apetecidos por Silicon Valley, y corporaciones chinas, surcoreanas, japonesas, finlandesas, entre otros.

Luego entonces, vemos dos tipos de indicadores: el joven latinoamericano del común que crece en un entorno menos difícil que el del subcontinente indio, y el joven de la India que crece en un lugar con problemas de acceso a bienes de primera necesidad como los países del África Subsahariana. La diferencia: la predisposición para cambiar la situación personal y la autonomía que toman de su vida; uno de los dos se siente incapaz y el otro no le tiene miedo a enfrentarse al mundo.

EL IMPACTO

Hace 40 o 50 años, un cúmulo de países asiáticos decidieron apostarle a la libertad y mostrarle a su población que la prosperidad iba a venir de la mano de todos; uno y cada uno colocaría un grano de arena para aumentar los índices de productividad generales e irrumpir en el mercado con propiedad. ¿El resultado? Hoy por hoy son ejemplos claros de cómo se deben hacer las cosas bien en la relación del Estado con sus habitantes para poder avanzar; ello no sólo se refleja en el ingreso medio por habitante, sino en los índices de calidad humana –el cual, sólo puede ser alto lejos de regímenes totalitarios y violadores de la libertad personal–.

¿Y quiénes son los próximos? Seguramente aquellos que sigan la economía/política universal sabrán el retroceso en países de América Latina y la Península Ibérica, y las buenas intenciones que están mostrando países de África, especialmente aquellos azotados por guerras civiles producto de regímenes socialistas. Estos países están dotando de la suficiente libertad a sus habitantes vía gigantes acuerdos de libre comercio, luego del fracaso que tuvieron durante décadas de sistemas que pretendían llevar a la población de la mano y resolver sus necesidades, con todo lo que esto acarrea.

¿Y nuestro contexto? Un grupo de países que han apoyado una lucha lenta pero constante para estatizar los medios de producción y servicios en general, para acaparar la vida de sus ciudadanos; el resultado es una transición de millones de desempleados en filas interminables buscando subsidios, y la desaceleración del crecimiento económico, la dependencia de las “bendiciones divinas” (recursos naturales) y de recursos económicos en forma de préstamos que poco vamos a poder pagar. Y de bonus, vía libre para la máquina impresora de pobreza, con unos documentos cambiarios sin valor, como “engaña bobos” que pretenden una renta vitalicia como derecho natural.

PERO… ¿Y EL MITO DEL ESTADO DE BIENESTAR?

Es habitual señalar los países nórdicos como “socialdemócratas” con fuertes medidas de bienestar para sus pequeñas poblaciones, lo cual es una verdad a medias y realmente representa países con economía de mercado que puntea en los mayores índices de libertad de comercio, y con una población que durante décadas ha producido lo suficiente y ejecutado los recursos públicos de tal manera que, causa excedentes vía recaudo tributario y genera un decálogo de prebendas para una población vulnerable que mayormente está concentrada en migrantes.

CONCLUSIÓN

Puede ser que estas últimas líneas sobren. Hemos descrito en una grotesca sátira, la dinámica ciudadana del siglo XXI para América Latina: una que volvió inútiles a millones de personas y que dotó de poder a los que poseen el saco de “los derechos”. Un panorama pavoroso que supera con creces a las noveles de Stephen King. Un viaje sin boleto pronto de regreso que promete un choque violento y pretende cambiar la música de ese baile aburrido de los inválidos, cuando a ellos se les haya olvidado bailar al son de una melodía intrépida.

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El Vertedero

Me llaman “El Vertedero”. Me gustan los libros –y escribir también–, pero no soy taciturno ni vegetariano –carnívoro a mucho honor, y de los del profe Jordan Peterson papá–, tampoco animalista, mucho menos feminista ¡Siempre anti-colectivista! Maratonista también, así como bisexual, cisgénero, catador amateur de cerveza, músico de garage y desparchado... Ya saben, de todo un poquito.

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