“IGUAL IBA A MORIR”

Como todo lo que se deja en las manos de la izquierda ¡Se echa a perder! La indignación de los colombianos frente a la politiquería, la corrupción y el mal manejo político, que no le es exclusivo a la izquierda, ha sido manoseado y explotado por el progresismo colombiano; un atractivo discurso fundamentado en la rabia y el odio, y que manipula el dolor y el descontento de las personas ¡Y lo peor! Haciéndolo mal.

Una tradición histórica, política y social de conflicto interno, de violencia y de engrandecer el Estado para usarlo en beneficio propio, han sido las razones que han despertado el justificado desencanto y la falta de credibilidad en el actuar político por parte del colombiano: por parte de las personas del común.

Sin embargo, el progresismo y la izquierda se autodenominan salvadores de esta situación, pero sólo es necesario remitirse a sus métodos y posiciones para entender que no son diferentes a lo que desde hace tantos años han repudiado.

Un gobierno blando, poco claro e ineficiente como el de Duque, ha puesto sobre la mesa la gota que rebosó la copa de la indignación del pueblo colombiano; pero, sobre todo, la excusa para la manipulación progresista. Si bien, el sentimiento generalizado de la necesidad de alzar la voz fue legitimado por la ciudadanía misma, más pronto de lo esperado, el progresismo lo echó a perder.

Hoy, Colombia entiende los límites de la protesta, ve los resultados de los bloqueos, el desabastecimiento, la afectación económica de un país que sobrevive a diario a los efectos del COVID-19 y que acaba de rechazar una Reforma que evidencia la poca planeación e improvisación a la que está acostumbrada Colombia en el manejo de lo que es nuestro y lo que se está robando un Estado parásito. Y como no mencionar que hoy, a Colombia, no le ha quedado dudas del poco o nulo respeto por la vida que tienen estos grupos con su método del uso de la violencia como forma de protesta. El cambio institucional es innegable, pero el derecho a la vida es inviolable venga de donde venga.

Lo curioso es la incoherencia que años atrás ha caracterizado a este sector ideológico y político. Un sector que claramente no es uniforme y homogéneo; son distintas voces, con distintas banderas que apuntan a un mismo sentido: la colectivización y la deslegitimación institucional para llegar al poder. El progresismo tiene muchas caras y todas ellas son incoherentes. Les indigna la violencia, pero no cuando proviene de su orilla política; repudian el abuso a la mujer, pero claro, no de todas las mujeres; el requisito es no ser de derecha, conservadora, liberal o en otros casos, policía. El yo te creo debe aplicar cuando y donde el feminismo colombiano lo considere.

Reclaman la libertad de expresión, pero censuran y cancelan al contrario. Ir en contra de estas incoherencias es hoy “crimen” y “discurso de odio”. O en la peor de las situaciones, promueven de forma masiva noticias falsas y la tergiversación con el fin de generar caos y más violencia injustificada; como el caso de la Concejal Heidy Sánchez Barreto y Alexa Rochi, cuya irresponsabilidad puso en riesgo a civiles y al cuerpo médico cuando manifestantes atacaron 16 ambulancias por la acusación falsa de cargar armamento del ESMAD en estas. Ambas personas, de forma descarada, han menospreciado el efecto de las mentiras difundidas.

Los bloqueos a ambulancias por parte de manifestantes no son nuevos y ya ha cobrado la vida de incluso seres humanos que nada tienen que ver y nada entienden de esta lucha de egos que, además, nada soluciona. Lo que es aún más indignante es que los predicadores de la política de la vida y la esperanza, con voz mesiánica sin despelucarse, desprecian la vida de todo aquel que no corresponde a sus banderas.

Tal es el caso de María Antonia Pardo, jefe de comunicaciones de Gustavo Petro, a quien le fallaron todas sus habilidades comunicativas, dejando ver el nulo respeto por la vida y por quienes pretende afectar el día de mañana en un gobierno 2022. El bebé que murió en La Delfina por bloqueos de manifestantes, según ella “Igual iba a morir” por ser prematuro.

Las incoherencias son innegables y hasta absurdas, pero preocupantes; es evidenciar como esto ha descendido hacia la cultura de los colombianos y los jóvenes. Jóvenes que un día se ríen y justifican la quema de un policía vivo, y al otro se rasgan las vestiduras por la pérdida del ojo de un manifestante. Jóvenes que un día rechazan y castigan el abuso sexual de una manifestante, pero al otro desacreditan y excluyen del supuesto “yo te creo” a una mujer policía por parte de “manifestantes”. La incoherencia de quienes lloran el maltrato animal y la experimentación en ellos, pero al otro celebran y exigen el aborto y su funcionalidad al uso de los tejidos y órganos de los fetos abortados en la investigación y experimentación. Esos mismos jóvenes que desprecian el racismo, pero profundizan la división de razas; aquellos jóvenes que no quieren que las distintas inclinaciones sexuales sean objeto de importancia en las relaciones sociales, pero todo el tiempo definen a las personas y sus capacidades por lo que traen entre las piernas o sus decisiones íntimas y privadas.

Con todo y esto, no son más que tontos útiles a una “causa” y una bandera que ni respeta la vida ni nos da esperanza; es más de lo mismo y peor. Pero no vivimos más que la consecuencia de dejar en manos de estos grupos colectivistas la necesidad del cambio, el cual es innegable y necesario, pero va por mal camino.

Esa política ególatra que no tiene en cuenta al más vulnerable, o en últimas, a aquel a quien piensa diferente, no es más que la misma calaña que se pretende derrocar; hay colombianos que en su actuar político y social, e incluso criminal, no les importa la vida claro, eso se sabe ¿Pero y qué piensa hacer el resto a los que sí? El silencio y la negligencia son cómplices, y la única manera de que el Estado deje de afectar de tal forma nuestra vida, es imponiendo límites; la única forma de superar la violencia, es respetando la vida desde su forma más vulnerable, con cualquiera que sea su color, su sexo, o el desarrollo de su profesión o bandera política.

Carol Borda Acevedo

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