CAPITULACIÓN EN MÉXICO

Ha comenzado una nueva farsa de diálogo sobre Venezuela. En esta ocasión, aunque nuevamente con los noruegos como “expertos negociadores”, la locación no es ni ese país nórdico ni el Caribe, sino México. Una farsa que se mueve al ritmo de rancheras, tacos y –por supuesto– de una telenovela cuyo final ya conocemos.

Lo primero que hay que decir es que el régimen venezolano ya ganó y lo hizo sin mucho esfuerzo. El documento de partida con el que se pretende llegar a un acuerdo entre las partes, reconoce a ese régimen como “gobierno de Venezuela” y a la delegación del hasta entonces presidente interino Juan Guaidó como “plataforma unitaria”, poniendo fin a eso que se llamó “interinato”. El régimen, ni corto ni perezoso, ha hecho de ese documento una pieza histórica con la que se retrata en todas partes porque representa su victoria: ser reconocidos como gobierno, recuperando para sí la legitimidad que la misma comunidad internacional que hoy lo avala, le había quitado en 2018.

Eso, además, desde México, país que han querido vender como neutral cuando todos sabemos que su gobierno es socio del régimen y donde Andrés Manuel López Obrador pretende desplazar a la Organización de los Estados Americanos (OEA) para revivir la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), en un intento de erigirse como el líder de la izquierda progresista regional, así como Hugo Chávez lo intentó en su momento con la petrochequeraLa realidad es que la supuesta neutralidad del gobierno de México es tan falsa como la buena voluntad del régimen venezolano para ceder el poder por las buenas.

El documento suscrito por las partes ni siquiera se ocupa de mencionar las violaciones a los derechos humanos ni de reconocer al régimen como de facto. Peor aún, se apresura en señalar a las sanciones internacionales como responsables de la debacle del país, exigiendo su levantamiento. No se habla de víctimas del régimen y se pretende igualar a esas víctimas con sus victimarios, algo que los noruegos saben hacer muy bien en su afán de querer el “justo centro” y la neutralidad ¿Puede haber punto medio entre un criminal y un inocente? ¿Entre un torturador y un torturado? Para quienes creemos en la justicia no, pero para quienes usan la neutralidad para beneficiar a la impunidad, parece aceptable y necesario.

El régimen, acusado de cometer crímenes de lesa humanidad, está sentado en esa mesa en México sin que la oposición haya requerido que los responsables de esos delitos no asistieran. Nada se ha exigido y en todo se ha cedido por parte de quienes, se supone, tienen el respaldo de países que reconocían un gobierno interino que murió el 13 de agosto al suscribir un acuerdo que reconoce al régimen criminal como gobierno. Es ir en condición de debilidad y de vergüenza.

Peor aún, mientras Rusia se mete de lleno en el proceso, los Estados Unidos esquiva su rol y pone a otros a ser acompañantes, como si se tratara de una lavada de manos. Como nunca, los Estados Unidos está mostrando su debilidad en política exterior; basta ver lo que ocurre en Afganistán, por ejemplo, para saber que eso de “estar de regreso” es, en realidad, estar de espaldas al mundo y, peor aún, de rodillas. El otrora país modelo de libertad y de democracia que siempre estuvo allí para acompañar a un Occidente afín, hoy va en decadencia gracias a una torpe administración que ha cedido frente a la maldad bajo la falsa idea de que con esta se puede tranzar, y con ello además, contener.

Volviendo a Venezuela, el régimen ha puesto la agenda, ha puesto las condiciones, ha puesto el documento y hasta pretende decidir quién se sienta en la mesa por parte de la oposición o quienes dicen ser representantes de un país que no se siente presente en México (y hasta mejor así, para la burla que eso está significando). 

Irónicamente, el mundo está al revés en México. Los criminales son quienes están exigiendo quién se sienta por el lado contrario, cuando deberían ser ellos quienes estén siendo forzados a sentarse; los desconocidos e ilegítimos son los que están desconociendo a la contraparte, cuando deberían ser ellos los sentados a la fuerza para pactar una salida como sea; los acusados y señalados por su proceder son quienes están acusando a los demás, en lugar de ser ellos los que estén entre la espada y la pared. Lo hacen porque se lo han permitido y porque, en el fondo, hay una complicidad que así lo reconoce: La oposición como negocio que no quiere libertad, sino que ve en la cohabitación y en la capitulación la manera de mantenerse allí, en lo que saben hacer y han hecho por más de 20 años.

Si ese fue tan sólo el comienzo, ¿Qué esperar entonces de la farsa de México? Nada, salvo mayor agonía y frustración para los venezolanos que estamos siendo testigos de la capitulación de una oposición que no hizo nada para ser gobierno, a pesar de tener una oportunidad única y un reconocimiento sin precedentes. Esa misma dirigencia de oposición denominada G4, infiltrada de corruptos y pusilánimes, ahora pretende hablar de revocarle el mandato a quien se supone que no es presidente, a partir de un poder electoral nombrado por un parlamento que se admite como ilegítimo para llegar a un proceso electoral en 2024 cuando se suponía que el interinato debía cesar la usurpación en menos de dos años y encaminar una transición. Es la traición a los venezolanos y es la traición a una ruta que permitió grandes avances por parte de un mundo que reconoce al régimen como corrupto, ilegítimo y criminal –o que así lo reconocía antes de esta farsa– pero que no tuvo en Venezuela una interlocución a la altura de la oportunidad.

El régimen va buscando legitimidad y la está obteniendo. Su próximo paso es lograr que le quiten las sanciones internacionales, lo que sería un golpe mortal a la lucha democrática. Si el régimen está pidiendo reconocimiento y está pidiendo que le quiten las sanciones es precisamente porque su norte es quedarse en el poder y porque esas acciones sí lo han debilitado. Claramente no han sido suficientes, pero decir que la solución es retroceder, es rotundamente la intención de darle oxígeno a un régimen que ha asfixiado a los venezolanos.

Ahora, prácticamente derrotados y acorralados, esos opositores van a México a rendirse y arrodillarse, lavándole la cara a un régimen de corruptos y asesinos y politizando a los delincuentes, mientras a su vez criminalizan a quienes hacen política. El régimen ya ganó, porque simplemente la oposición que decía enfrentarlo optó por darle rostro político en lugar de avanzar en su caracterización criminal y en la concreción de acciones cónsonas con esa naturaleza; todo para hoy hacerse copartícipe del proceder del régimen y decirles a los venezolanos que no hay más opción que esperar tres años. No puede ser líder ni merece serlo cualquiera que nos diga a los venezolanos que no hay nada que hacer, salvo esperar para “organizarse” y vencer “electoralmente” a quien ha demostrado que no dejará el poder por esa vía.

Como decía Ayn Rand: “piedad por el culpable es traición al inocente”, y todas las inocentes víctimas del gobierno venezolano hoy están siendo traicionadas por quienes pretenden blanquear a un régimen que debe enfrentar a la justicia sin tapujos y sin complejos.

Quienes pretendan negociar la justicia y promover la impunidad, merecen el desprecio de un país destruido intencionalmente por esos culpables que hoy cuentan con la ayuda de quienes, en lugar de enfrentarlos, prefieren cohabitar junto a ellos y darles un respiro. Han decidido capitular y hacerlo a la mexicana…

NOTA:

Este artículo apareció por primera vez en el Blog de Fundación Disenso.

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Pedro Urruchurtu
Politólogo y profesor universitario; es egresado del Programa para el Liderazgo Competitivo Global (Georgetown University), y becario de la Academia Internacional de Liderazgo de la Fundación Naumann (Alemania) y del Acton Institute (Estados Unidos). Se graduó además, del Centro de Estudios Hemisféricos de Defensa William J. Perry. Es Coordinador de Asuntos Internacionales de Vente Venezuela, partido político liderado por María Corina Machado; a quien ha acompañado en temas de geopolítica, relaciones internacionales y política exterior. Conjuntamente, es vicepresidente de la Red Liberal de América Latina (RELIAL), organización que agrupa a partidos políticos y centros de pensamiento que defienden y promueven las ideas de la libertad; y ha sido vicepresidente y director para Latinoamérica de la Federación Internacional de Juventudes Liberales (IFLRY). Se desempeña también como analista y articulista en diversos medios, y es ancla del programa "Aquí se habla libertad" en Radio Caracas Radio.
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