¡JAMÁS VOTARÍA POR UN CANDIDATO COMO PETRO! (1)

Sin lugar a equívocos, Gustavo Petro es uno de los mejores oradores que ha nacido en este país. Su habilidad con la palabra es tan solo comparable con el verbo que, en su momento histórico, acompañara los discursos en plaza pública de Jorge Eliécer Gaitán o de Luis Carlos Galán Sarmiento, verbigracia.

Esta habilidad natural la combina a la perfección con dos tendencias o singularidades políticas, como son la demagogia y el populismo. He aquí la fórmula de alquimista que le ha surtido tanto éxito: don de la palabra, acompañado de falsas promesas que son populares –pero difíciles de cumplir– y el haberse ungido como el redentor de los intereses y aspiraciones del pueblo colombiano.

Si a ello se le suma su marcada personalidad mesiánica, difícil que la masa inconforme no sucumba ante sus encantos, sin percatarse siquiera que es instrumentalizada para el logro de la ambición política del candidato del Pacto Histórico; ocasión propicia para recordar este viejo axioma de Joseph de Maistre, según el cual “los pueblos tienen los gobernantes que merecen”.

Luego de este necesario preámbulo, honraré el título que acompaña este escrito para señalar dos o tres porqué iniciales que explican el hecho de que jamás depositaría mi voto por un candidato como Petro, como tampoco lo haría por otros nombres que integran el abanico para las próximas presidenciales, empresa que llevaré a cabo en dos o tres entregas –confieso que aún no lo tengo claro–.

La idea de escribir esta columna nació a finales del año pasado, durante una reunión social de amigos y amigas que egresamos del Colegio Distrital Kennedy (hoy, Colegio Kennedy IED), cuando “La Gorda”, como cariñosamente le decimos a una compañera, me preguntó si votaría por Petro y la razón. Un NO rotundo acompañó mi respuesta, seguido de la expresión “por incoherente”.

Y es que la ambición política del candidato del Pacto Histórico supera todas las Barreras, pues poco le importa negociar sus “férreos e incólumes” principios –las comillas son mías– al punto de acoger en sus toldas a enemigos acérrimos de antaño. Hace cuatro años, por esta misma época –28 de abril de 2018, para ser más exacto–, Roy Barreras, arquetipo del camaleón de la politiquería chibcha, trinaba lo siguiente: “Vamos a expropiarle el segundo lugar a Petro en la primera vuelta. Por el bien de Colombia Vargas es la vacuna Antipetro contra esa epidemia de expropiación y pobreza que viene de Venezuela y que petrifica la economía hasta hacerla polvo y hambre”.

Porque Petro, como la inmensa mayoría de candidatos en el país, cree en aquel axioma según el cual “la política en Colombia es dinámica”, eufemismo criollo para disfrazar el transfuguismo y otras prácticas non sanctas. Esto explicaría porqué Barreras ahora es uno de sus consentidos del Pacto, al punto de designarlo como Jefe de debate, y tiene entre sus mejores nuevos amigos a Armando Benedetti. Por fortuna, la nube permite escudriñar en la información forense de las redes sociales y traer a valor presente perlitas como esta.

A renglón seguido relataré otro episodio que también denota la incoherencia que caracteriza a la cabeza visible del Pacto Histórico, aclarando que lo viví en carne propia y no me lo contaron. Para el caso, es menester señalar que a comienzos de 2015 firmé un contrato de prestación de servicios profesionales con la Secretaría Distrital de Gobierno durante el último año de la alcaldía presidida por Gustavo Petro. Llegué allí por obra y gracia de un partido político tradicional y no precisamente por el Movimiento Progresistas. Este hecho me llevó a tener mi primer encuentro cara a cara con el cariz dinámico de la política colombiana.

Pues bien, hice parte de la Bogotá Humana, que tiempo después derivaría en la Colombia Humana. Al apropiarme de la quintaesencia del concepto “humana” en el ideario petrista, pude descubrir que esta idea no es más que la adaptación –para no llamarla plagio o copia– de un concepto desarrollado ampliamente por las Naciones Unidas a partir de la década de los noventa, en especial a través de varias resoluciones, entre ellas la 66/290 de la Asamblea General.

Algo similar ocurre con la noción de “justicia climática” –la cual introdujo en la agenda ambientalista del país como si fuese de su autoría–. Si bien esta tiene su génesis en las conferencias de la ONU sobre cambio climático y emisiones de gases de efecto invernadero, creo que a estas alturas muy pocos colombianos saben que las ideas progresistas de Petro no nacieron precisamente en su privilegiada cabeza –porque sin duda es un ser extremadamente inteligente–, sino que han sido tomadas de diferentes autores, como en estos casos.

En este punto del escrito –recalco, en una primera entrega–, algunos lectores me hallarán la razón cuando afirmo que el candidato del Pacto Histórico es incoherente. Porque mi rechazo a Gustavo Petro no deviene de su pasado en las filas del M-19, ni de su fisionomía, mucho menos de sus rasgos de personalidad u otras tantas tonterías que leo y veo en TwitterWhatsApp o TikTok.

Me preocupan más sus ideas sin sustento, sus recurrentes falacias y el tufillo mitómano en muchas de sus propuestas políticas en temas gruesos de la agenda nacional relacionados con la economía, la seguridad y bienestar social, y la seguridad ciudadana, falencias que desarrollaré en la segunda y quizá tercera parte de esta columna. Posiblemente sea esta la verdadera razón para que desde la campaña se haya informado que Petro no asistirá a ningún debate, pues, como reza la sabiduría popular: “más rápido cae un mentiroso que un…

José Obdulio Espejo Muñoz
José Obdulio Espejo Muñoz

Comunicador Social y Periodista de la Universidad Central, con Especialización en Derecho Internacional de Conflictos Armados de la Universidad Externado de Colombia. Oficial en retiro del Cuerpo Logístico del Ejército Nacional. Columnista en distintos medios.

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