Hace unos días alguien me contó su conversación con un venezolano, conductor de transporte público, sobre la situación del país. Asombrado quedó, cuando entre las miradas por el espejo y las maniobras automovilísticas, le dijo que estaba seguro de que el 18 de octubre no había sido obra de los chilenos. “¿Por qué crees eso?”, le preguntó. La respuesta nos podría dejar un par de horas masticando: “Porque los chilenos son cobardes”.

Tenga o no tenga razón, la verdad es que no hay que ser sociólogo ni miembro de algún servicio de inteligencia para reconocer que, desde hace un tiempo, una gran mayoría de chilenos está de rodillas, afectada por el mal de la cobardía. Algunos, como Sergio Micco, han dado señales de empezar a recobrar algo del coraje perdido, diciendo verdades incómodas y levantando dedos acusatorios en contra de esos que, siendo minoría, han capturado gran parte de nuestras instituciones al punto de haber logrado que se plebiscite un proyecto que desmiembra el país, destruye los fundamentos de la democracia y enemista a los ciudadanos. Hagamos una breve reseña de la historia reciente de nuestra cobardía.

Comenzó cuando los que hoy gobiernan se llamaban pingüinos y reclamaban por la calidad de la educación, movilizando a estudiantes que perdieron varios meses de clases y no consiguieron otra cosa que empeorar su propia formación y la de todos sus compañeros. Su mejor representante es el Presidente Boric, el cual, ni siquiera tiene título universitario. Ya en esos tiempos la clase política y los profesores de vocación se pusieron de rodillas permitiendo que el desmadre y la violencia se impusieran como forma de conseguir las demandas políticas de la extrema izquierda. ¿Era la calidad de la educación una demanda de la izquierda? No, pues ese, como siempre, fue solo el disfraz. Lo que ellos buscaban era la captura de una generación que sirviera a sus propósitos políticos. Y lo lograron. La semilla del octubrismo se sembró con la incorporación a las universidades de miles de estudiantes que se transformaron en la materia prima para el adoctrinamiento. Desde entonces se impuso en las universidades el asambleísmo, punta de lanza del PCCh y movimientos afines. Y es que muchos de esos jóvenes, por su pésima base escolar, poco estudiaban; más bien convirtieron a las universidades en un campo de batalla política. Esa es la generación que no solamente silenció y atemorizó a compañeros, profesores, decanos y rectores, sino que tiene hoy a Chile completo de rodillas. Ellos son el piso y el oxígeno de la revolución.

Del octubrismo nació el mal llamado “mamarracho”. Y digo “mal llamado” porque estamos frente a un diseño institucional que presenta equilibrios perfectos entre la política identitaria, la ecotiranía, la cultura de la cancelación y los objetivos del marxismo clásico. ¿Cómo llegamos al punto de plebiscitar el fin de la integridad territorial del país, de la democracia, del Estado de Derecho y de la igualdad política entre los ciudadanos? Estando de rodillas frente a un grupo llamado Primera Línea –héroes del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar– y de sus comparsas terroristas. La señal más clara de la genuflexión nacional ha sido nuestra incapacidad de llamar por su nombre a los sucesos del 18-O. ¿Se imagina que, por ejemplo, en Nueva York, Madrid o Berlín, quemen un edificio, templos católicos y varias estaciones de metro al unísono y las autoridades le hablen a la ciudadanía de un “estallido social”? Evidentemente, en cualquier país del mundo desarrollado eso se llama terrorismo.

Fue la genuflexión de las autoridades ante la masa de indignados por la falta de servicios públicos y descaro de ciertos sectores políticos y empresariales la que impidió que se diera el tratamiento que correspondía al terrorismo, primero, y a las agrupaciones violentas, después.

En el contexto descrito, las FFAA y de Orden han tenido que hacerse cargo de la falta de voluntad política para poner un límite a la violencia en las calles y al avance del narcoterrorismo, al punto que peligra la supervivencia de Carabineros, el Ejército se defiende de ataques a sus regimientos con chorros de agua, y la Armada permanece en silencio sepulcral frente al retiro de la estatua de José Toribio Merino y los ataques políticos y judiciales a varios de sus miembros. Solo falta que la Fuerza Aérea se transforme en Uber de inmigrantes ilegales. No, no es una caricatura; es perfectamente coherente con el proyecto de Nueva Constitución.

La ciudadanía también está de rodillas. No alcanza a ver que la destrucción de Carabineros es siempre un objetivo del marxismo, que la plurinacionalidad es una estrategia del socialismo bolivariano para transformar a Chile en tierra del narcotráfico y abrir posibilidades a la recuperación de los territorios perdidos en la Guerra del Pacífico, ni que la “sodomización” de la bandera es un acto de pornoterrorismo. Si le quedan dudas, puede leer la obra de Diana Torres y Pablo Raijenstein; estos “grandes pensadores” explican que: “El pornoterrorismo no sólo es un arma discursiva, sino una práctica de desobediencia civil y sexual que nos muestra que mientras tengamos cuerpos, perseverar en la sumisión social nunca será una salida”. ¿Por qué nadie en la esfera pública lo explica? Porque muchos periodistas adhieren al octubrismo, otros no van a arriesgar el pellejo y la minoría que aún pueda adherir a cierta ética profesional, vive arrodillada.

Con todo el país de rodillas, la revolución goza de buena salud. Si no fuera por el desmadre de los representantes del “Apruebo”, probablemente, sería incontenible. Así las cosas, la llama de la esperanza se mantiene encendida gracias a unos pocos sujetos funados bajo las rúbricas de “extremos” o “amarillos” y, más recientemente, la rebelión de una parte del Deep State que filtró el nexo entre Héctor Llaitul y el Gobierno a través de la ahora exministra de Desarrollo Social y Familia, Jeanette Vega.

Es de esperar que el ejemplo dado por miembros de la PDI (Policía de Investigaciones de Chile) reviva el coraje de muchos y que las mayorías decidan ponerse de pie para rechazar la violencia, el octubrismo y un proyecto que sepultará por mucho tiempo el destino de los chilenos bajo los escombros a los que nos va a reducir un eventual triunfo del socialismo del siglo XXI.

NOTA:

La versión original de este artículo apareció por primera vez en el medio El Líbero de Chile.

Vanessa Kaiser
Vanessa Kaiser

Es periodista titulada de la Universidad Finis Terrae y doctora en Filosofía y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Durante los últimos años ha desarrollado su carrera académica convirtiéndose en directora de la «Cátedra Hannah Arendt» de la Universidad Autónoma de Chile y, de forma paralela a su labor docente e investigadora, es una divulgadora muy activa de las ideas liberales a través de sus columnas en el portal chileno El Líbero y de su trabajo como directora del Centro de Estudios Libertarios. Es, entre otras, concejal por la Comuna de Las Condes (Santiago Chile).

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