LOS AMIGOS DE LA HUMANIDAD

«(…) – Estabilidad –dijo el Inspector–, estabilidad. No hay civilización sin estabilidad social. No hay estabilidad social sin estabilidad individual.

Su voz era como un clarín. Escuchándola, sentíanse grandes, inflamados.

(…) Es preciso, pues, que las ruedas anden con regularidad , pero no pueden andar así sin vigilancia. Es preciso que haya ahí hombres que las vigilen, tan constantes como ruedas sobres sus ejes; hombres sensatos, obedientes, establemente satisfechos.»

Fragmento de “Un mundo feliz” (1ª ed., 2003 [1932]), por Aldous Huxley. Barcelona, España: Editorial DEBOLS!LLO.

En los momentos en los que escribo estas líneas, cada vez menos personas dudan de que la situación de pandemia que vivimos sea fortuita; semejante evento presente, de magnitudes cataclísmicas, no escapa por completo al afán de querer anticiparse y llevar siempre las riendas de la humanidad: una humanidad cada vez más reducida a una condición de servidumbre y dependencia de esos quienes se han consolidado precisamente como pastores y amos de ésta.

Y es que los nombres son muchos como para hacer referencia a todos y cada uno de quienes hoy representan y ejercen el poder de facto en el mundo. El señor de la gafitas; millonario se volvió él cuando su creación se tornó monopólica y única, siempre con esa vocación de querer ayudar a los otros y de contribuir a preservar la vida en el planeta; grandes magnates de las finanzas, la banca y el petróleo; inversores expertos arreglando economías estancadas y en crisis; genios, jóvenes precoces e idealistas dedicados a la programación y las Tecnologías de la Información y la Comunicación y que se erigen entre los más influyentes y, asimismo, hábiles para dirigir los destinos de todos; inversores y especuladores que son a la vez creadores y propulsores de ONG’s que «velan» por la preservación de los «Derechos Humanos», mientras diseminan por el medio cultural las consignas que deberíamos suscribir.

Estamos ante personas que suelen tener buenas intenciones, pero que a menudo la preocupación por las consecuencias de sus acciones son pasadas por alto –en este punto, yo mismo ya he puesto en duda eso de las buenas intenciones–.

Todos ellos, personas de carne y hueso, con nombres y apellidos, no están desprendidos u operan sobre el vacío; por resumir: en buena medida, puede decirse que a lo largo de toda la segunda mitad del siglo XX hasta hoy que comienza la segunda década del siglo XXI, se fueron desplegando por todas las instituciones sociales y culturales de sus respectivos países, actuando como una red y formando, siguiendo al clásico sociólogo Max Weber, una «constelación de intereses». Intereses que, si bien podían resultar contradictorios o polémicos, tendían a armonizarse y a encaminarse hacia unos horizontes comunes específicos, cuyas consecuencias hoy podemos no solamente identificar, sino vivir en nuestra propia carne.

Para algunos, ciertamente ajenos a los que sucede más allá de su propia nariz, esto parece una más de esas siempre especulaciones o «teorías» sobre una gran conspiración en contra de la humanidad; pero hay una diferencia enorme entre una conspiración y los hechos consumados y contrastables, a partir de los cuales podemos sacar conjeturas. Puedo hacer referencia, por ejemplo, a documentos de acceso público –a los que nos podemos remitir–, emitidos por esas mismas constelaciones de intereses, que permiten constatar lo que efectivamente se está llevando a cabo. Esto no resulta baladí cuando de lo que se trata es de los caminos que va a seguir –o que «debe», según los pastores filántropos– la humanidad en su conjunto.

Es cierto que se han hecho muchas y variadas alusiones y descripciones de aquellos que, llevando por encima la ideología dominante del sistema, con su dinero, poder e influencia, buscan, según sus mismas palabras, la preservación de la vida en La Tierra y el «bienestar común de la humanidad»; aunque para ello no todo pueda justificarse y existan dudas razonables sobre si ese es el camino que deberíamos seguir como especie: el dirigido por unos.

Pues bien, esto coincide con que entonces estamos ante un problema de carácter antropológico y filosófico: la «condición humana» se está transformando, pero ¿En qué y cómo se está transformando? ¿Quiénes quieren transformarla, o se trata de un destino inevitable? Y, quizá más importante, ¿Qué implica eso en nuestro futuro como especie?

Se trata de preguntas cuyas respuestas difícilmente son absolutas; pero que no quepa duda: aquellos pastores filántropos de la humanidad se han hecho estas preguntas y están muy seguros de sus respuestas. Esa seguridad es la que determina los caminos que está siguiendo la humanidad en los tiempos que corren.

No puedo negar que lo que he mencionado, lejos de sorprenderme, me asusta profundamente y, es difícil recoger cada una de las cosas que se han puesto a luz pública y que nos informa de cuáles son los pasos que como humanidad vamos a seguir, nos guste o no.

Se ha dicho también que estamos en la fase terminal de la modernidad o en la también llamada «posmodernidad» y que lo que predomina es, básicamente, el vacío, en su faceta sociológica. Se expresa entonces en la promoción de la disolución de las formas lógicas y de los cánones de la razón; la negación de que pueda alcanzarse una aproximación a la verdad, la erosión de las tradiciones y el relativismo ético y, con ello, la explosión de una variedad de voces cuya amplificación hace que comience a intensificarse la polémica que lleva al enfrentamiento.

Siguiendo esas palabras propias de vocabulario filosófico, se puede sacar la conclusión de que los resultados son impredecibles, aunque pareciera que predominaran la acciones encaminadas a la aniquilación de todo lo que es –supuestamente para su «reconstrucción»– o representa un valor atemporal, pues como decía el filósofo británico Sir Roger Scruton: «las cosas buenas son fáciles de destruir, pero no son fáciles de crear».

Y es que la sociedad posmoderna, transindustrial y digitalizada es el terreno perfecto para fundir precisamente esa concepción de querer por fin dar el paso hacia la gobernanza global, mundial, en aras de afrontar, como suelen decir, la complejidad de sociedades cada vez más intrincadas, interdependientes.

Suena justificable, cuando se usan las palabras adecuadas…

Para hacer más escalofriante el hecho de que estén siendo un puñado de personas con un poder desorbitado –que no absoluto– los que creen saber qué es lo más adecuado para todas las poblaciones del mundo, quisiera traer a colación la extraña novela titulada Gog (1931, repárese en esta fecha), del célebre y polémico escritor italiano Giovanni Papini. Acá se relatan lo que fueron los fragmentos, en forma de Diario, que le dejó un tal Goggins (apodado Gog[1]), quien escribe desde un manicomio; Gog revela que es –o fue– un multimillonario hawaiano quien en su fallido intento tratando de conocer y comprender el mundo, cuenta sus peripecias moviéndose por las altas esferas del poder mundial y se relaciona, a modo de diálogos, con grandes personalidades como Henry Ford, Freud o Einstein. En uno de esos Fragmentos, Gog relata que un señor de unos cincuenta años se acercó a él para hablarle de la «FOM» o los Friends of Mankind («amigos de la humanidad»), una organización cuyos fines de los que la conforman, se dice, son desinteresados.

«Los fundadores, cuyos nombres me es imposible revelarle, han partido del siguiente principio: El aumento continuo de la humanidad es contrario al bienestar de la humanidad misma

(pág. 32, las partes resaltadas son hechas por el autor de este texto)

La FOM se erigiría, pues, como una gran institución o ente transnacional con potestad cuasi-jurídica para imponer las medidas que considera necesarias para satisfacer el principio doctrinal del que parte ¿Acaso no es directa la referencia a lo que sería después la Organización de Naciones Unidas (ONU), que fue extendiéndose; generando suborganismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) que hoy nos tiene bajo arresto domiciliario?

Los fines de la FOM, según pone Papini en los escritos del Gog, son sencillamente estremecedores por los paralelismos que podemos encontrar en el mundo actual si hacemos referencia, por ejemplo, a los mandatos legislativos que vienen aprobando con la presión de instancias transnacionales, «globales», en muchos países, particularmente de la «periferia» o el «Tercer Mundo». El extraño hombre de cincuenta años le relata a Goggins lo siguiente sobre la caritativa organización:

«Ésta se propone acelerar racionalmente la desaparición de los que sean menos dignos de vivir. La nuestra podría llamarse (en su primera fase) la “Liga para la eutanasia inadvertida”. El inconveniente de las calamidades naturales –como las epidemias y las guerras– es que provocan la desaparición de los jóvenes, de los inocentes, de los fuertes. Pero si es necesario hacer un expurgo sobre la Tierra, es justo, ante todo, eliminar a los inútiles, a los peligrosos o aquellos que han vivido ya bastante. El terremoto y el cólera son ciegos; nosotros tenemos ojos y muy buena vista. Nuestra “Liga” se propone, pues, apresurar de un modo dulce y discreto, y en el secreto más absoluto, la extinción de los débiles, de los enfermos incurables, de los viejos, de los inmorales y delincuentes; de todos esos seres que no merecen vivir, o que viven para sufrir, o que imponen gastos considerables para la sociedad

(pág. 33, las partes resaltadas son hechas por el autor de este texto)

Después de leer el anterior fragmento, difícilmente puede uno agregar algo a semejante visión tan nítida; es un eco del momento en que hemos dado el paso definitivo, sin punto de retorno, hacia la legitimación de la conformación de una oligarquía global que tome finalmente, en nombre de la «cooperación» y la «solidaridad» –como muchos ingenuos creen verdaderamente–, las riendas de todos nosotros, nuestros derechos y nuestras libertades. No en vano, la obra de Papini entra con una cita de (Apocalipsis 20:7-8): «Satán será liberado de su cárcel y saldrá para reducir a las naciones, Gog y Magog».

Para acabar de completar ese proyecto ‘tanatofílico’, destructivo y utópico, de desprecio inequívoco por la vida humana; la FOM suma una fase moral, moralizante o moralizadora, como quiera decirse, en la que «una junta formada por profesores de moral y de juristas se ocupa en establecer una lista de culpable en éstas y otras ciudades.» (pág. 34)

¿No suena esto familiar? En efecto: esto recuerda todos los fenómenos vinculados a lo que hoy, bajo un paraguas ‘progresista’, se entiende como «corrección política», las patrullas y comisarios del pensamiento –que vieron también Orwell, Huxley y Bradbury– que usan la persecución en instituciones públicas, empresas y universidades; el llamado «discurso del odio» que termina equiparándose, para estos personajes, a un «crimen de odio». El dominio no está concluido sino colonizamos la mente del «ciudadano del mundo» que muchos imbéciles portan con orgullo o condenamos al ostracismo –hoy digital también– al disidente político, sea patologizándole como en los últimos tiempos de la URSS, o aniquilándolo física y moralmente.

La justificación de las personas de la FOM es que vamos a destruir el equilibrio dinámico del mundo; gran parte de la humanidad es entonces una plaga, lumpenizada, que trae las enfermedades y ellos van a curarnos, porque «somos, en este caso, homeópatas: delito contra delito. Para castigar el mal debemos resignarnos a infligir el mal, pero la nobleza del fin absuelve» (pág. 34). El cinismo y la vocación destructiva ya son más que evidentes.

«Como ve, ‘FOM’ tiene dos cometidos necesarios y honrosos: impedir la ruina del standard of life, amenazado por el exceso de población, y combatir los viciosos y criminales que la ley no castiga. Eliminación de lo superfluo y purificación de la sociedad. Nosotros contribuimos por eso, y con una doble obra, a la mejora material y ética del género humano y podemos llamarnos, con tranquila conciencia, Friends of Mankind

(pág. 34, las partes resaltadas son hechas por el autor de este texto)

No quisiera mencionar la cantidad de ejemplos contemporáneos y de antaño que pudiera nombrar; desde el aborto como política pública internacional –cuyo carácter imperialista es notable–; pasando por el catastrofismo climático –que, dicho sea de paso, se usa como justificación para aumentar regulaciones e intromisiones arbitrarias del poder público–; hasta el transhumanismo, que rehúye a los debates bioéticos y que pretende, precisamente «replantear» lo que significa el ser humano.

Con todo, tan sólo con aterrizar esto a la vida real, de nuevo, es fácil darse cuenta que los «amigos de la humanidad» de los que habla Gog, son hoy, al igual que ayer, las personalidades que, como «filántropos» y cual pastores o psicopompos que nos guían a nuestro eterno destino, creen que sus ideales «pragmáticos» nos van a redimir a todos, pues su proyecto es, además, lógico y científico; mientras, existimos algunos que, sin poder o influencia de algún tipo, les decimos: «¡No, no tienen razón! A lo que nos van a llevar es al abismo».

Empero, sabemos quiénes son, las instituciones en la que se amparan y el discurso que manejan. Dejo que el lector juzgue y que la curiosidad le abra paso a plantearse con mayor reflexión las cuestiones que he mencionado en esta columna editorial. No hacen falta señalamientos, para ello la literatura, una vez más, suele anticiparse a y revelar mejor los tiempos.


[1] No podía ignorar el eco bíblico que hace el autor. Sin pretender remontarme a las referencias bíblicas como tal, de las cuales bebe Papini para hablar del Gog, basta decir que suele aparecer como un demonio vinculado con la avaricia y el dinero; sin embargo, estaríamos ante interpretaciones apócrifas, pues se habla en (Revelaciones 12:1-17) del Gog como una «coalición de naciones» o una suerte de «alianza mundial satánica» en contra del pueblo de Dios y a la que Jehová vence. Una Alianza, como se verá, tiene más sentido.

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David Santa

antropólogo y psicólogo en formación. De tendencia liberal y humanista. Comprometido de manera desinteresado con la verdad y el conocimiento

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